Proyecto EC (I): El Círculo de fuego- Capítulo I

El plazo para apuntarse al Proyecto de Escritura Conjunta ha terminado, y tenemos tres participantes (además de servidora). Como no somos demasiados, he pensado en hacer dos rondas, con lo que tendríamos un relato de ocho "capítulos". Los turnos los he adjudicado por orden de inscripción. El calendario de publicaciones queda de la siguiente manera:


Así que sin más dilación, ¡comencemos nuestra historia! He decidido titularla...

EL CÍRCULO DE FUEGO
Sentíos libres de llevaros este banner a vuestros blogs y enlazarlo con esta entrada ;)
(I)

Pasaban ya las cuatro de la madrugada cuando Diana abandonó la casa de los García. A pesar de la hora, el ambiente era caluroso y pesado, sin una pizca de brisa nocturna que aliviase el bochorno. Diana lamentó una vez más que aquel matrimonio viviese tan lejos del centro, aunque en realidad no podía quejarse. Le encantaba cuidar de sus dos hijas, Laura y María, y la verdad era que le pagaban muy bien por ello. Y todo el dinero que pudiese reunir era bienvenido, porque cada euro suponía un paso hacia su libertad, hacia una nueva vida lejos de su madre y su odioso padrastro. 

Diana se apartó un mechón de cabello negro que se le había quedado adherido a la cara por el sudor. Se arrepintió de no haber aceptado la oferta del señor García de acercarle a casa con el coche, y se arrepintió todavía más de haber olvidado el iPod en su habitación al salir aquella tarde. Tenía una larga caminata por delante, bajo el calor de aquella noche extrañamente calurosa, y no tenía con qué entretenerse.


En ese momento atravesaba un parque desierto, bañado por la luz plateada de una enorme luna llena. Algunas botellas diseminadas alrededor de un banco cercano eran el vestigio de lo que probablemente habían sido las últimas personas en pisar aquel lugar antes de ella. En cualquier caso, seguro que hacía horas que se habían marchado de allí.

 Entonces una voz ronca rompió la quietud que rodeaba a Diana.

-¿Qué haces sola a estas horas, preciosa?

Se trataba de un hombre, sentado en un banco unos metros más allá. La luna proyectaba la alargada sombra de un pino sobre él, así que Diana no podía verle bien. La joven le ignoró y siguió caminando como si no hubiese oído nada, pero el hombre insistió. Arrastraba las palabras sin terminar de vocalizarlas del todo.

-¿A dónde vas? ¿Quieres que te acompañe? -Se levantó del banco, tambaleándose un poco-. No está bien que una chica tan guapa como tú vaya sola por un sitio como este a estas horas.

Diana apretó el paso sin girarse. Escuchaba los pasos del hombre detrás de ella. Se colocó mejor el bolso y, con cautela, metió la mano en busca de su teléfono móvil. Pero antes de que pudiese encontrarlo la agarraron del brazo con tanta fuerza que tuvo que darse la vuelta.

El extraño tendría unos cuarenta años y su cabello comenzaba a encanecer. Era más alto que Diana, y se notaba que en otro tiempo había sido bastante musculoso. Con una mano sujetaba a la chica, en la otra llevaba una botella de vidrio marrón. Apestaba a alcohol, y miraba a Diana con ojos brillantes y una sonrisa terriblemente amable.

-Suélteme -dijo ella, con una mirada mucho más dura de lo que realmente se sentía. Estaba verdaderamente asustada. El hombre, lejos de hacerle caso, la aprisionó aún con más fuerza.

La chica sintió cómo algo, una especie de chispa, recorría su cuerpo hasta llegar a su brazo. Entonces el desconocido profirió una maldición ronca y la soltó en un acto reflejo, frotándose la palma de la mano con la que había estado sujetando a Diana. Había dejado caer la botella, que se estrelló contra el suelo derramando su contenido y esparciendo cristales por todas partes.

Aquella chispa se intensificó hasta convertirse en una corriente que la atravesaba de arriba a abajo. De pronto, fue como si Diana se encontrase en el ojo de una tormenta: se le erizó el pelo y el vello de los brazos; las venas le ardían.

De repente, el alcohol del suelo se prendió fuego. La hierba ardió velozmente y las llamas se extendieron en torno a Diana, formando un círculo perfecto a su alrededor, como si alguien invisible lo hubiese trazado de antemano. El hombre miró a la chica con ojos desorbitados y comenzó a correr. Ella se desplomó, sin fuerzas. Sentía calambres por todo el cuerpo. El fuego se alzaba a una velocidad impresionante, y en cuestión de segundos formaba una barrera de varios metros de alto. Mirase donde mirase, solo veía llamas. El humo le irritaba los ojos y le impedía respirar. 

Por un fugaz instante le pareció ver una sombra que se movía con agilidad al otro lado de su cárcel de fuego. Por encima del crepitar de las llamas, creyó oír una voz desconocida.

-Pandora.

Inmediatamente después perdió el conocimiento.





¡Turno de Javier! 


*Este capítulo no es demasiado largo, intentad que os ocupen esto como mínimo, más o menos*.

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4 comentarios:

  1. si la barrera de fuego a la que haces referencia casi al final de tu capítulo no tiene propiedades báricas (es decir, no es una barrera de presión), recuerda que el plural de algún es con v :)
    *Alex perverso ON*

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    1. ¡DIOS! ¿Pero cómo he podido escribir yo eso? Me voy a una cueva apartada a llevar una ascécica penitencia ortográfica T.T

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    2. Acabarás matándome por corregirte pero ascécica* no figura en la RAE, es ascética. Y ahora me voy a escribir mi capítulo para que también me podáis sacar faltas.

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    3. T.T Conste que conocía la palabra correcta, ha sido un fallo tipográfico porque a mi teclado le caigo mal y quiere avergonzarme.

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